Grieg - Concierto para piano y orquesta en La menor Op. 16


"Bach y Beethoven erigieron catedrales y templos en lo alto. Yo sólo deseé construir viviendas para los hombres, un hogar en el que pudieran sentirse felices".

Con esta frase tan acertada, Grieg define toda su música, música para el día a día, pero hace que el día no sea rutinario, un hogar confortable y a la vez especial; para seguir con el símil utilizado por él, sería una de esas casas decoradas de revista, que se salen de la media y que a todos nos gustaría tener.



EDVARD GRIEG (Bergen, Noruega, 1843-1907)


Hijo de un acaudalado comerciante, Grieg, tras haber aprendido con el piano los primeros rudimentos de la música bajo la guía de su madre en 1958 comienza su formación en el Conservatorio de Leipzig. Esta impronta germánica en su formación le va a suponer mucho esfuerzo quitársela de encima para enraizar su inspiración en la música popular noruega. Esfuerzo que sólo daría sus frutos en la obra breve y fragmentaria. Ha sido definido como un miniaturista, manando de estas obras una imagen viva y original del mundo nórdico: paisajes aprisionados por el hielo, los bosques impenetrables, la melancolía de las largas navegaciones, etc. En 1868, Liszt le había escrito una carta porque había leído su Sonata para violín Op. 8 y le había parecido "Vigoroso, reflexivo y creativo, talento de excelente calidad" Grieg siempre mantuvo que esta carta había sido como un sol en su Universo. El 9 de abril de 1870, Grieg se encuentra con Liszt en Roma y éste le pide permiso para leer el manuscrito del Concierto para piano delante de la corte de mirones que siempre acompañaban a Liszt, y Grieg escribe de aquella ocasión: "Me parece imposible que alguien pudiera leer eso a primera vista y Liszt lo leyó, no es posible obtener mayor perfección, y tocó incluso la cadencia, de una alta dificultad técnica, perfectamente. Después me entregó la partitura y me dijo: siga este camino, usted tiene toda la capacidad necesaria, no deje que nada le aterrorice"


Estas palabras de Liszt le ayudaron toda su vida a mantener su coraje.



RADU LUPU


Lupu nació el 30 de noviembre de 1945 en Rumania y comenzó a estudiar piano a los seis años. Su debut se produjo apenas seis años después, cuando interpretó varias obras que él mismo había compuesto. Asistió a la escuela secundaria en la ciudad transilvana de Brasov y continuó sus estudios con las maestras Florica Muzicescu y Cella Delavranca. Sin embargo, su talento innato pronto le atrajo una mayor atención: Rumania, bajo el liderazgo comunista después de la Segunda Guerra Mundial, estaba nominalmente aliada con la Unión Soviética y, como muchos prodigios musicales de su generación en Europa del Este, Lupu recibió una beca para el renombrado Conservatorio Estatal P.I. Tchaikovsky de Moscú. Estudió allí con Galina Eghyazarova, Heinrich Neuhaus y más tarde con Stanislav Neuhaus.


Lupu ganó un trío de prestigiosos concursos internacionales durante la década de 1960: Primer premio Concurso Van Cliburn, 1966; Concurso Enescu, 1967; Concurso de Leeds, 1969. Desde entonces, Lupu ha disfrutado de una próspera carrera como concertista de piano, invitado regularmente a actuar con algunas de las orquestas más prestigiosas del mundo.


Su rigurosa personalidad escénica se convirtió en parte de su encanto: nunca charla con el público, ni siquiera sonríe; su única interacción con el público es una mirada fulminante cuando desea que esté en silencio.




Lupu eligió una silla normal con respaldo, en lugar del cómodo taburete acolchado habitual, lo que hizo que su actitud frente al piano fuera inusual. Necesitaba una silla porque a menudo se apoyaba en la espalda. Con su silla, contradecía el postulado del bello sonido: "si la espalda está relajada, parte del peso de los brazos se mueve sobre la superficie de apoyo del cuerpo, sin influir más en el teclado". La posición elegida no se debió a una rareza ni a una debilidad de los músculos de la espalda; la motivó la búsqueda de un sello. El sonido producido no tenía un gran volumen.


En compensación, los matices eran tan numerosos que producía un claroscuro fantasmagórico. Lupu sería como un pintor que habiendo desterrado de su paleta el rojo puro, el azul y el violeta había desarrollado una gama infinita de amarillos, verdes y marrones.


Quien lo escucha por primera vez queda escandalizado y escéptico o asombrado y fascinado.


Radu Lupu nació como un artista que cambia las cosas. Es la piedra que desvía la corriente y no el pez que se suscribe a ella.



CONCIERTO PARA PIANO Y ORQUESTA EN LA MENOR Op. 16, Radu Lupu y André Previn con la Orquesta Sinfónica de Londres, Decca 1973.

Compuesto en 1868 en su período de formación en Dinamarca, lo revisó 7 veces antes de su forma definitiva.


Se compone de tres movimientos, que podían ser cuatro ya que apenas hay transiciones durante todo el concierto, hay yuxtaposiciones con cambios muy bruscos de temas, sobre todo en el tercer movimiento.



Primer movimiento


Comienza con un crescendo de los timbales que presenta al piano en fortísimo con la introducción, es el motivo de arranque, como un Miura saliendo a la plaza. Esta introducción te levanta de la silla literalmente. A continuación viene la exposición del Tema A, popular, por toda la orquesta, seguida después de la exposición por el piano. A continuación la exposición del Tema B, lírico, por los violonchelos que finaliza con un tutti orquestal que recuerda a la introducción. Después desarrollos de los Temas A y B finalizando en una larga Cadencia para piano solo.


Grieg - Concierto para piano y orquesta en La menor Op. 16


Segundo movimiento


¡Ay! Los segundos movimientos, qué belleza tienen todos. Creo que los compositores escriben el segundo movimiento y después añaden el resto para rellenar el concierto. En las composiciones nórdicas en general y en Grieg en particular, en los movimientos lentos, en los segundos movimientos, aflora el paisaje y aquí el piano comienza con el mismo motivo del comienzo del primer movimiento, pero adornado. Toda esa bravura del motivo del arranque del inicio del concierto se calma. Una bellísima introducción de la cuerda da pie al comienzo del piano en pianísimo que bien nos podría rememorar la tranquilidad de un lago rodeado de montañas



Tercer movimiento


Se abre, Tema A, con una danza noruega imitando el violín noruego de 9 cuerdas (Hardanger) El Tema B se yuxtapone sin transición alguna y vuelve a sonar el motivo de arranque inicial metamorfoseado en la escala mayor normal, creando un tema pastoral. Este concierto tiene como una intrahistoria con el motivo de arranque, presente durante toda la obra, que acabará como un himno al final del movimiento con un tutti orquestal en la escala mixolídica (escala mayor con la séptima nota descendida) que es un rasgo nacional nórdico.


Durante los años 50, con la llegada del LP, muchos pianistas grabaron en una cara el Concierto para piano de Schumann y por la otra el de Grieg.


Habría que preguntarse hasta qué punto la existencia del concierto de Schumann propició el éxito del de Grieg y si no hubiera sido así, qué camino hubiera tenido en la historia de la música, posiblemente este concierto hubiera quedado en el olvido. Hoy día para muchos pianistas el concierto de Schumann, dentro del repertorio, no está en absoluto ligado con el de Grieg, que se toca mucho menos. Lupu también lo retiró de su repertorio bastante rápido.


Por qué he elegido esta versión frente a la de referencia por la crítica de Richter con Lovro Von Matacic y la Orquesta Nacional de la Ópera de Monte Carlo en EMI o la de Stephen Kovacevich con Sir Colin Davis y la Orquesta Sinfónica de la BBC en D.G. Por poner algunos ejemplos de las numerosas grabaciones existentes en el mercado.


Frente a la de Richter, que es bellísima, éste la hace más lenta y delicada que Lupu que desde la primera nota entra como un torbellino, como una fuerza desbocada de la naturaleza. La toma de sonido del piano es peor. En la de Lupu el piano está muy bien grabado, sonando central y adelantado respecto a la orquesta.


Sin embargo, en el concierto de Schumann, la de Richter posiblemente sea insuperable por los siglos de los siglos. Amén.


Frente a la de Kovacevich que tiene un sonido fantástico en la que se escucha todo, en este caso superior a la de Lupu, me parece más musical la elegida, con unos tempos más acertados y con un ensamblaje perfecto entre piano y orquesta.


Me gustan mucho los pianistas que no apagan el sonido del piano, ese que queda en el aire y va desapareciendo, y lo van mezclando con los siguientes que se van produciendo creando una paleta cromática con sonidos nuevos. Lupu en este concierto lo hace de maravilla sin emborronar nada el sonido.


La fuerza arrolladora de Lupu durante todo el concierto es incomiable, la cadencia del primer movimiento te deja boquiabierto, la entrada del pianísimo en el segundo movimiento es como gotas de lluvia en un lago solitario y la transición en el tercer movimiento hacia el inexistente cuarto, está muy por encima de cualquier otra versión.

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